ABRIL. La civilización del buen gusto

Obra de Luisa María Benito
El buen gusto no es un privilegio ni un capricho. Es el reflejo de una cultura que ha entendido que la belleza, la educación y la tradición son valores que no necesitan justificación. En este mes he decidido mostrar mis ciudades favoritas Madrid y París, que no son solo ciudades; son la expresión de ese saber estar que no busca imponerse, sino perdurar. Aquí, la historia no es un peso, sino una huella; la elegancia no es una pose, sino un lenguaje.
www.personallyselectedproducts.es
Por eso sigo decidiendo el buen gusto, el equilibrio, la distinción que no necesita exhibirse. Porque mientras algunos reducen la cultura a números y pretenden tasar lo que nunca comprenderán, aquí en EUROPA seguimos, con la certeza de que la belleza y la inteligencia no admiten impuestos.
Hoy, abril, el mundo se encoge bajo decisiones que lo reducen todo a cifras y tarifas. Pero el estilo no se mide en aranceles, ni la civilización se negocia en despachos. Hay cosas que escapan a su lógica: la luz dorada sobre Madrid, el eco de la historia en las calles de París, el arte de vivir que sigue intacto, sin precio y sin dueño.
*
Hay ciudades que no se recorren, sino que se viven. Ciudades que no piden ser entendidas, sino absorbidas como se absorbe una luz, un perfume, un instante. Madrid y París son así: no son solo lugares, sino formas de estar en el mundo.
*
En Madrid, la luz es una afirmación. En verano, el sol cae a plomo sobre las plazas, diluyendo los contornos hasta que todo parece una pintura a medio hacer, una acuarela que alguien ha dejado secar demasiado rápido. Pero es en el atardecer donde Madrid revela su verdadera esencia: un incendio de cobre y malva que se despliega sobre el Palacio Real, tiñendo de oro líquido los tejados y dejando un resplandor de ámbar en el aire. La piedra blanca de la catedral de la Almudena se vuelve violeta por un instante, antes de fundirse con la noche. Es un lujo gratuito, una obra maestra diaria que convierte la ciudad en un cuadro de Velázquez o en una postal de tiempos más lentos.
*
París, en cambio, tiene el color del tiempo detenido. No es el dorado ardiente de Madrid, sino un matiz más sutil, como un velo de seda que se posa sobre las fachadas. Es la luz que resbala sobre el Sena en un gris perlado, la sombra azulada que se desliza bajo los puentes, el ocre antiguo de los edificios que parecen llevar siglos esperando a que alguien los vuelva a mirar. En sus calles, los colores no gritan: susurran. Y en ese susurro hay una elegancia que solo pertenece a las cosas que han aprendido a resistir sin esfuerzo.
*

La civilización del buen gusto

Hay una historia que no siempre se cuenta, y es la de los gestos sutiles, la de los pequeños detalles que sostienen la grandeza de una cultura. Madrid y París, cada una a su manera, son depositarias de ese buen gusto que no es impostado ni adquirido de golpe, sino heredado como se heredan las maneras, la forma de caminar por una ciudad o de sostener una copa.

Madrid esconde su elegancia en la naturalidad con la que se ocupa el espacio. No es la ostentación de los grandes salones, sino la manera en que la gente se reúne en las tabernas centenarias y en los cafés con espejos de época sin esfuerzo ni pretensión. Es la madera oscura de los mostradores, el tintineo de las cucharillas en las tazas de loza, la costumbre de tomar un aperitivo en la plaza sin que el tiempo importe demasiado. Porque aquí, como en toda Europa, el tiempo no se consume: se habita.
*

París ha elevado ese arte de vivir a la categoría de manifiesto. Su elegancia es una coreografía silenciosa: el equilibrio de los manteles blancos en las terrazas, la forma en que la gente se acomoda en los cafés sin prisa, el respeto casi religioso por la estética en cada esquina. No es casualidad que aquí la mesa sea patrimonio cultural: la gastronomía, como la arquitectura o la moda, es parte de una historia más grande, la de un continente que entendió que la belleza no es un lujo, sino una necesidad.
*

El color de mi memoria
Pinto porque los colores guardan memoria. Hay días en los que el rojo se impone, como un gesto de vida que no admite excusas. Otras veces, el azul lo cubre todo con su melancolía precisa. Pero hay una gama intermedia, los ocres, los lilas, los dorados apagados, que es la que pertenece a las ciudades, a su luz, a su forma de recordarnos quiénes somos cuando las atravesamos.

*

https://www.instagram.com/luisamariabenito/?igsh=MTdpcmh4bDd1Z2c0&utm_source=qr

Madrid tiene el resplandor de la luz que queda suspendida en la hora mágica, esa que convierte los edificios en un reflejo dorado de sí mismos. París tiene la pátina del tiempo, ese gris que no es tristeza, sino elegancia destilada en piedra.
Caminar por Madrid al caer la tarde o por París bajo la lluvia es entrar en un espacio de colores suspendidos. 
No hay urgencia, solo la certeza de que la belleza,esa que tantas veces damos por sentada,sigue ahí, esperando a que alguien la traduzca en pinceladas, en palabras, en fotografías. Porque hay ciudades que no necesitan ser contadas; solo necesitan que alguien las mire de verdad.
*


Como siempre
Con cariño

XX LUISA XX








Comentarios